Cada vez que nos dan clases de amnesia, como si nunca hubieran existido los combustibles ojos del alma, o los labios de la pena huérfana, cada vez que nos dan clases de amnesia, y nos conminan a borrar, la ebriedad del sufrimiento, me convenzo de que mi región no es la farándula de otros. En mi región hay calvarios de ausencia, muñones de porvenir, arrabales de duelo, pero también candores de mosqueta, pianos que arrancan lágrimas, cadáveres que miran aún desde sus huertos, nostalgias inmóviles en un pozo de otoño, sentimientos insoportablemente actuales que se niegan a morir allá en lo oscuro.
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