martes, 8 de marzo de 2011

.030

Lo cierto es que ahora ya no estás en mi noche, desgarradoramente idéntica a las otras, que repetí buscándote, rodeándote. Hay solamente un eco irremediable, de mi voz como niño, esa que no sabía. Ahora qué miedo inútil, qué vergüenza, no tener oración para morder, no tener fe para clavar las uñas, no tener nada más que la noche, saber que Dios se muere, se resbala, saber que Dios retrocede con los brazos cerrados, con los labios cerrados, con la niebla, como un campanario atrozmente en ruinas, que desandara siglos de ceniza.

No hay comentarios:

Publicar un comentario