lunes, 28 de febrero de 2011

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Aparece, empuña su belleza, y la ciudad retrocede un instante. Yo la miro desde el fondo del oleaje del recuerdo, de los besos que perdimos en combate, saltábamos canguros, de bar en bar, eran años chiflados, napoleones que juraban lo injurable, en la placita del barrio. Fueron tiempos deliciosos, yo sé. La vida te da y te come, años de salir a revisar los bolsillos de la noche. Me decía: “usemos las estrellas de zaguán, ayúdame a ver el cielo”, “al fin de cuentas todos somos causas perdidas, de la carne a los huesos”. Y hoy ando acobardado de verla así, con esa niebla en los ojos, “hace rato que nadie pasa por acá, colega, ¿te podrás quedar un poco?” Fueron tiempos deliciosos, yo sé.

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